sábado, 28 de enero de 2017

Viaje a Irlanda del Norte



Ayuntamiento de Belfast
 
La vieja isla de los celtas
Aquel viaje a Irlanda del Norte, que realicé en el mes de abril del año 2016 para la festividad de San Jorge, junto a un grupo de personas pertenecientes, como yo, al curso de inglés de la Casa de Cultura de Andorra de Teruel, había sido preparado con mucho esmero por las profesoras, Elena y  Lucía, desde unos meses antes, justo en el primer trimestre de ese curso escolar. Por eso en los días anteriores a la partida disponíamos ya, no sólo de la información necesaria del recorrido de visitas programadas que íbamos a realizar, sino también de un amplio conocimiento de algunos de los lugares de ocio y divertimento de los que dispone la ciudad de Belfast, ciudad que es capital de esta región de Irlanda perteneciente a la Gran Bretaña. 


La mañana de partida, desde la Estación de Autobuses de Andorra, fue, como suele ocurrir aún por el mes abril, algo fresca. El autobús llegó puntual, y todos los viajeros también. Por lo que la salida se hizo sin contratiempos  a la hora prevista en el folleto del viaje realizado por nuestras profesoras. Aunque la distancia que separa Andorra a la población del Prat del Llobregat (lugar donde está situado el aeropuerto de Barcelona), es relativamente larga, sólo paramos una vez para tomarnos un desayuno estando ya por tierras catalanas, concretamente en un restaurante de la autopista, muy cerca de la ciudad de Tarragona. A partir de aquella parada de descanso  el resto del viaje se me hizo algo menos pesado, principalmente porque ya habíamos estirado las piernas, y también porque debido a que la luz solar ya era dueña del paisaje, me permitía observar con mayor nitidez los detalles de los lugares por donde íbamos pasando. La imagen del mar, de un intenso azul a aquellas horas matinales, aparecía y desaparecía entre los edificios que bordeaban la Costa Dorada, la más turística de Cataluña,  hasta que nos fuimos adentrando hacia poblaciones denominadas dormitorio donde sólo se sucedían polígonos industriales bordeando aquella Autovía de Castelldefels que nos condujo hasta las mismas puertas del aeropuerto. 
Ya en el interior del avión, y tras haber estado tan sólo unas cuantas horas en ese aeropuerto del Prat de Llobregat, fuimos colocando nuestras pequeñas maletas en los departamentos correspondientes que teníamos encima de nuestros asientos. Inmerso aún en ese ajetreo de la observación de las azafatas y azafatos realizando sus tareas de revisión, y en el análisis que muchas veces nos hacemos casi todos los viajes de nuestros acompañantes de asiento, sentí por primera vez esa inquietud inevitable que provoca la idea del descubrimiento de lo desconocido, pues aunque Irlanda no era para mí un lugar desconocido en cuanto a su situación geográfica y política, sí que tenía aún sobre ella muchas lagunas, como lo era el desconocimiento de la vida cotidiana de sus habitantes, algo que  suponía me podría inspirar seguramente nuevas impresiones e ideas, tanto literarias como documentales para poder escribir algo sobre esta tierra que, por otra parte, siempre tuve el deseo de visitar.
Como me había ocurrido en otras ocasiones cuando visito lugares fuera de España, siempre me sorprende observar, como me ocurrió en el traslado desde aeropuerto de Belfast hasta esta ciudad, el interminable paisaje pintado de un verde intenso, y en algunos puntos –las zonas boscosas- de pequeñas machas pardas o marrones donde las vacas o las ovejas pacen como ajenas a la existencia de la sociedad humana que las rodea, aunque, como todos somos conscientes, las oprime y las aniquila, en muchos casos sin piedad. En medio de todo ese conjunto de vida vegetal y animal  iban apareciendo, conforme el autobús avanzaba, algunas zonas montañosas no muy elevadas, donde las  poblaciones, no demasiado grandes, se sucedían bordeadas de algún que otro polígono industrial compuestos en su mayoría de fabricación de artículos relacionados con las materias primas que se generan en esta zona de la isla.
Llegamos al hotel sobre las dos de la tarde. Una hora ideal para comer, como así lo determinamos todos. Acordamos hacerlo en uno de tantos restaurantes que abundaban por aquel entorno de la ciudad, y que más de uno ya había divisado en nuestras inspecciones por Internet.  Tras dejar nuestros equipajes en nuestras respectivas habitaciones, nos dirigimos, caminando a las búsqueda de ese establecimiento que resultó ser un lugar muy cercano al hotel, y muy agradable, pues el menú era muy variado y el servicio y la atención de los camareros y o camareras, ideal, desde mi punto de vista.
En el siguiente recorrido que realizamos tras la cena por la ciudad de Belfast nos dividimos en grupos de cinco a diez personas, pues eso nos permitiría, como así fue, recorrer con mayor facilidad y rapidez –sin demasiadas  retenciones- aquellos lugares, que por coincidencia de opiniones más nos gustase conocer, visitar o merodear. En esa primera tarde, como también nos ocurrió en las siguientes que realizamos este tipo de recorrido sin programar a pie, los lugares más deseados por la mayoría para inspeccionar y conocer fueron, en su mayoría, los famosos pub irlandeses. En ellos muchos de nosotros pudimos saborear sus inconfundibles cervezas negras, y hasta alguno y alguna se atrevió con algún que otro un whisky de la zona. No falto tampoco en esas tardes y noches de libre albedrío, el descubrimiento de algún monumento situado en alguna de las amplias plazas de las que se compone esta bella ciudad irlandesa. A mí me gustó principalmente el edificio del ayuntamiento de Belfast (edificio que vimos con mayor detenimiento el último día de estancia en la ciudad), donde como era de esperar, no dudamos en realizar decenas y decenas de fotografías, tanto con el móvil como con la cámara de fotos.
El día de la visita a una de las destilerías más famosas de Irlanda de Norte, también realizamos el recorrido andando por el famoso paraje conocido como “La Calzada de los Gigantes”. En la destilería, que visitamos a primaras horas de la mañana, tuvimos la suerte de que la guía había estudiado en España, concretamente en la ciudad de Granada, y por eso, tanto su español como su cortesía con nosotros, fue un acicate que en cierta medida nos hizo sentirnos como acompañados de una paisana. Allí el aroma de la cebada fermentada fue para mí como si estuviese percibiendo los efluvios agradables de un recuerdo muy afirmado en la memoria de mi infancia: los viejos graneros donde mi abuelo me llevaba para comprar el grano con el que alimentaba a sus gallinas, donde veía a aquellos montones de cebada que se acumulaba en grandes silos de madera. En la zona donde se encontraban los tanques de ebullición de esta destilería,  allí donde la malta era cocida,  el calor era tan intenso que tuvimos que desprendernos de algunas de nuestras prendas de ropa hasta que llegamos a la zona de alambiques donde ya reinaba de nuevo una temperatura mucho más baja y agradable de soportar. Pues es en esta zona de la destilería donde, para extraer de la malta ese licor tan oloroso y de sabor tan intenso que llamamos whisky, se hace pasar la sustancia, fruto de la ebullición en forma de vapor, por unos serpentines que son sometidos a muy bajas temperaturas para que se condensen y fluya el agradable y oloroso licor.
Tras este recorrido por los lugares más significativos de esta famosa destilería, donde creo que todos pasamos por una experiencia agradable y también muy instructiva en cuanto a la fabricación de este producto tan típico en toda la isla de Irlanda, tomamos el autobús que nos llevó hasta esa “Calzada de los Gigantes” que nombré al principio, y en la que yo me permití hacer la caminata casi en solitario hasta llegar a mitad de un pequeño acantilado desde el que pude observar, con una nitidez inusual en este lugar, porque casi siempre están presentes en él las borrascas y o las nieblas, lo que parecían ser ya las tierras de Escocia o alguna de sus islas. No puedo negar que yo me sentí muy impresionado allí, al ver, y sobre todo saber, que estaba situado en el borde de la costa de una hermosa isla europea que da al océano Atlántico,  de la cual no sólo partieron hacia América millones de emigrantes, sino que además, ha sido y será siempre un principal referente a la hora de examinar nuestra Historia, la historia de Europa y de la humanidad. Cuando me dirigía hacia el lugar donde estaba situado nuestro autobús, sentía la dicha de saberme ya protagonista de una parte de esa historia, mientras percibía sobre mi rostro un viento enérgico, aunque no demasiado frío,  que de alguna manera me hizo acelerar mis pasos.

A pesar de conocer muchos datos documentales de esta ciudad, porque como ya dije antes en Internet hay bastante información sobre la misma, sobre todo turística, tanto a la mayor parte de mis compañeros y compañeras de viaje como  a mí, nos faltaban sobre todo muchos otros datos de la forma de ser sus gentes y también de la situación política conflictiva en la que, curiosamente, se encuentra aún esta región perteneciente aún a la Corona Inglesa, debido principalmente a que los enfrentamientos y actos de violencia habidos en el pasado entre independentistas y unionistas todavía son relativamente recientes.  Esa situación conflictiva, yo la creía totalmente solucionada, y por eso al principio de nuestra llegada, la ciudad de Belfast, no me dio a mí la impresión, ni creo que a ninguno de mis compañeros y compañeras de viaje, de que fuese todavía una urbe sumida en ese conflicto, un conflicto (como así nos comentó el guía que contrataron nuestras profesoras, a través de una intérprete de origen español) que se mantiene camuflado por acuerdos políticos de convivencia, pactados sin que por ello tenga aún la garantía de no romperse en un futuro próximo. No dudé de que podría ser así, por la visión impresionante de aquellos muros de piedra, ladrillo y alambradas que siguen separando esos dos barrios más conflictivos de esta ciudad (el católico y el protestante), aunque  caminando por esas zonas,  y a pesar de los graffitis trazados con la intención de ofenderse unos y otros, a mí me  seguía dando la impresión de que parecía una ciudad muy tranquila y silenciosa. Tanto era así, que incluso por allí tuve la sensación de estar inmerso en ese clima de la magia literaria, que ya de niño, me inspiró la lectura de algunos cuentos de cultura celta, donde algunos de sus personajes yo recordé que tenían cierto parecido físico con algunos de los rostros de muchas mujeres y hombres (nativos de la isla) que vi caminando por aquellas calles, sentados en algún pub, o comprando en alguna de las tiendas de esta ciudad; pues su piel era también muy blanca, sus ojos muy azules o muy claros y el pelo del característico color rojizo con el que identificamos o normalmente se describe a esta etnia europea perteneciente a la cultura o al pueblo celta.

Decir que has estado en Belfast y nos has visitado el Museo del Titanic, sería como decir que has pasado por allí, pero que apenas te has imbuido de toda, y quizá de su principal esencia. Pues si bien es verdad que la mayor parte de las personas la conocen principalmente por el conflicto independentista, y ese es uno de los mejores puntos de referencia para colocarla en el mapa físico y político europeo, no por ello  es esa etapa de su reciente historia la que ha determinado todo lo que es culturalmente en la actualidad , pues entonces nos olvidaríamos de la influencia que tuvo la cultura romana en la trasformación de su cultura celta, de la tradicional elaboración de su whisky,  o de los españoles que se quedaron allí tras el desastre de la Armada Invencible… La historia del Titanic es, desde mi punto vista, algo que ningún irlandés del norte, sea católico o protestante,  le debe de dejar indiferente, y eso se nota en cuanto entras en ese museo y luego lo vas recorriéndolo paso a paso, sin demasiada prisa para así ir saboreándolo con los ojos, pero también con el oído.
El edificio, situado junto al puerto donde se construyó el Titanic, consta de varias plantas que simulan, tanto en el exterior como en el interior, la forma simulada o virtual de un gran barco. En ese recorrido que puedes realizar por sus diversos departamentos situados de manera sucesiva en las diferentes plantas del edificio, vas empapándote de esta historia romántica, desde los días en los que se planteó la fabricación y o construcción de aquel coloso trasatlántico que presumía de ser el más seguro del mundo, hasta el momento en que se hunde debido al choche con un iceberg. Para que esta recreación histórica sea recibida por los visitantes de una manera que se acerque lo más posible a los hechos que ocurrieron, se ha diseñado cada uno de los tramos de este museo como si fuese una especie de laberinto hacia el pasado, donde, de manera virtual,  no sólo vas avanzando andando o también montado  en un pequeño tranvía que te va llevando por cada una de las etapas de la construcción del Titanic, sino que además vas escuchando incluso los martillazos que los obreros daban contra los tornillos que unían las diversas planchas de acero que conformarían aquella nave. Por todos esos rincones de este extraordinario museo puedes percibir también las voces de las personas que formaron parte de esta trágica historia, cargada después por la literatura novelesca de una gran dosis de romanticismo y cierta quimera que se aleja un tanto de lo que realmente debió de ocurrir, como la supuesta hazaña del capitán del barco,  Edward John Smith, que según cuenta las crónicas de la ficción periodística de la época, se quedó impasible en su puesto de mando esperando el final de su vida, mientras el sonido de los músicos de la orquesta que tocaba en aquellos momentos, se escuchaba ante el bamboleo de la olas que lo iba cubriendo. 
En el momento en el que ya regresábamos hacia España, en aquel otro avión que nos dejaría de nuevo en el Prat del Llobregat, yo mantuve una pequeña conversación con un matrimonio irlandés que me perdonaron mi mala pronunciación de la lengua inglesa, permitiéndome así convencerme de que con un poco de empeño en seguir estudiando este idioma, y con cumplir la promesa que les hice de volver a visitar la ciudad donde ambos me dijeron que habían nacido,  llegaría a convertirme en al menos un buen conversador con los nativos de Belfast, quizá cuando decida tomarme otra vez una de esas cervezas negras  en el The Crown Liquor Saloon, el más famoso pub, al parecer, de Irlanda del Norte.
©Mariano Martínez Luque