| Ayuntamiento de Belfast |
La vieja isla de los celtas
Aquel viaje a Irlanda del Norte,
que realicé en el mes de abril del año 2016 para la festividad de San Jorge,
junto a un grupo de personas pertenecientes, como yo, al curso de inglés de la
Casa de Cultura de Andorra de Teruel, había sido preparado con mucho esmero por
las profesoras, Elena y Lucía, desde
unos meses antes, justo en el primer trimestre de ese curso escolar. Por eso en
los días anteriores a la partida disponíamos ya, no sólo de la información
necesaria del recorrido de visitas programadas que íbamos a realizar, sino
también de un amplio conocimiento de algunos de los lugares de ocio y
divertimento de los que dispone la ciudad de Belfast, ciudad que es capital de
esta región de Irlanda perteneciente a la Gran Bretaña.
La mañana de partida, desde la
Estación de Autobuses de Andorra, fue, como suele ocurrir aún por el mes abril,
algo fresca. El autobús llegó puntual, y todos los viajeros también. Por lo que
la salida se hizo sin contratiempos a la
hora prevista en el folleto del viaje realizado por nuestras profesoras. Aunque
la distancia que separa Andorra a la población del Prat del Llobregat (lugar
donde está situado el aeropuerto de Barcelona), es relativamente larga, sólo
paramos una vez para tomarnos un desayuno estando ya por tierras catalanas,
concretamente en un restaurante de la autopista, muy cerca de la ciudad de
Tarragona. A partir de aquella parada de descanso el resto del viaje se me hizo algo menos
pesado, principalmente porque ya habíamos estirado las piernas, y también
porque debido a que la luz solar ya era dueña del paisaje, me permitía observar
con mayor nitidez los detalles de los lugares por donde íbamos pasando. La
imagen del mar, de un intenso azul a aquellas horas matinales, aparecía y
desaparecía entre los edificios que bordeaban la Costa Dorada, la más turística
de Cataluña, hasta que nos fuimos
adentrando hacia poblaciones denominadas dormitorio donde sólo se sucedían polígonos
industriales bordeando aquella Autovía de Castelldefels que nos condujo hasta
las mismas puertas del aeropuerto.
Ya en el interior del avión, y
tras haber estado tan sólo unas cuantas horas en ese aeropuerto del Prat de
Llobregat, fuimos colocando nuestras pequeñas maletas en los departamentos
correspondientes que teníamos encima de nuestros asientos. Inmerso aún en ese
ajetreo de la observación de las azafatas y azafatos realizando sus tareas de
revisión, y en el análisis que muchas veces nos hacemos casi todos los viajes
de nuestros acompañantes de asiento, sentí por primera vez esa inquietud
inevitable que provoca la idea del descubrimiento de lo desconocido, pues
aunque Irlanda no era para mí un lugar desconocido en cuanto a su situación geográfica
y política, sí que tenía aún sobre ella muchas lagunas, como lo era el
desconocimiento de la vida cotidiana de sus habitantes, algo que suponía me podría inspirar seguramente nuevas
impresiones e ideas, tanto literarias como documentales para poder escribir
algo sobre esta tierra que, por otra parte, siempre tuve el deseo de visitar.
Como me había ocurrido en otras
ocasiones cuando visito lugares fuera de España, siempre me sorprende observar,
como me ocurrió en el traslado desde aeropuerto de Belfast hasta esta ciudad,
el interminable paisaje pintado de un verde intenso, y en algunos puntos –las
zonas boscosas- de pequeñas machas pardas o marrones donde las vacas o las
ovejas pacen como ajenas a la existencia de la sociedad humana que las rodea, aunque,
como todos somos conscientes, las oprime y las aniquila, en muchos casos sin
piedad. En medio de todo ese conjunto de vida vegetal y animal iban apareciendo, conforme el autobús
avanzaba, algunas zonas montañosas no muy elevadas, donde las poblaciones, no demasiado grandes, se
sucedían bordeadas de algún que otro polígono industrial compuestos en su
mayoría de fabricación de artículos relacionados con las materias primas que se
generan en esta zona de la isla.
Llegamos al hotel sobre las dos
de la tarde. Una hora ideal para comer, como así lo determinamos todos.
Acordamos hacerlo en uno de tantos restaurantes que abundaban por aquel entorno
de la ciudad, y que más de uno ya había divisado en nuestras inspecciones por
Internet. Tras dejar nuestros equipajes
en nuestras respectivas habitaciones, nos dirigimos, caminando a las búsqueda
de ese establecimiento que resultó ser un lugar muy cercano al hotel, y muy
agradable, pues el menú era muy variado y el servicio y la atención de los
camareros y o camareras, ideal, desde mi punto de vista.
En el siguiente recorrido que
realizamos tras la cena por la ciudad de Belfast nos dividimos en grupos de
cinco a diez personas, pues eso nos permitiría, como así fue, recorrer con
mayor facilidad y rapidez –sin demasiadas
retenciones- aquellos lugares, que por coincidencia de opiniones más nos
gustase conocer, visitar o merodear. En esa primera tarde, como también nos
ocurrió en las siguientes que realizamos este tipo de recorrido sin programar a
pie, los lugares más deseados por la mayoría para inspeccionar y conocer
fueron, en su mayoría, los famosos pub irlandeses. En ellos muchos de nosotros
pudimos saborear sus inconfundibles cervezas negras, y hasta alguno y alguna se
atrevió con algún que otro un whisky de la zona. No falto tampoco en esas
tardes y noches de libre albedrío, el descubrimiento de algún monumento situado
en alguna de las amplias plazas de las que se compone esta bella ciudad
irlandesa. A mí me gustó principalmente el edificio del ayuntamiento de Belfast
(edificio que vimos con mayor detenimiento el último día de estancia en la
ciudad), donde como era de esperar, no dudamos en realizar decenas y decenas de
fotografías, tanto con el móvil como con la cámara de fotos.
El día de la visita a una de las
destilerías más famosas de Irlanda de Norte, también realizamos el recorrido
andando por el famoso paraje conocido como “La Calzada de los Gigantes”. En la
destilería, que visitamos a primaras horas de la mañana, tuvimos la suerte de
que la guía había estudiado en España, concretamente en la ciudad de Granada, y
por eso, tanto su español como su cortesía con nosotros, fue un acicate que en
cierta medida nos hizo sentirnos como acompañados de una paisana. Allí el aroma
de la cebada fermentada fue para mí como si estuviese percibiendo los efluvios
agradables de un recuerdo muy afirmado en la memoria de mi infancia: los viejos
graneros donde mi abuelo me llevaba para comprar el grano con el que alimentaba
a sus gallinas, donde veía a aquellos montones de cebada que se acumulaba en
grandes silos de madera. En la zona donde se encontraban los tanques de
ebullición de esta destilería, allí
donde la malta era cocida, el calor era
tan intenso que tuvimos que desprendernos de algunas de nuestras prendas de
ropa hasta que llegamos a la zona de alambiques donde ya reinaba de nuevo una
temperatura mucho más baja y agradable de soportar. Pues es en esta zona de la
destilería donde, para extraer de la malta ese licor tan oloroso y de sabor tan
intenso que llamamos whisky, se hace pasar la sustancia, fruto de la ebullición
en forma de vapor, por unos serpentines que son sometidos a muy bajas
temperaturas para que se condensen y fluya el agradable y oloroso licor.
Tras este recorrido por los
lugares más significativos de esta famosa destilería, donde creo que todos
pasamos por una experiencia agradable y también muy instructiva en cuanto a la
fabricación de este producto tan típico en toda la isla de Irlanda, tomamos el
autobús que nos llevó hasta esa “Calzada de los Gigantes” que nombré al
principio, y en la que yo me permití hacer la caminata casi en solitario hasta
llegar a mitad de un pequeño acantilado desde el que pude observar, con una
nitidez inusual en este lugar, porque casi siempre están presentes en él las
borrascas y o las nieblas, lo que parecían ser ya las tierras de Escocia o
alguna de sus islas. No puedo negar que yo me sentí muy impresionado allí, al
ver, y sobre todo saber, que estaba situado en el borde de la costa de una
hermosa isla europea que da al océano Atlántico, de la cual no sólo partieron hacia América
millones de emigrantes, sino que además, ha sido y será siempre un principal
referente a la hora de examinar nuestra Historia, la historia de Europa y de la
humanidad. Cuando me dirigía hacia el lugar donde estaba situado nuestro
autobús, sentía la dicha de saberme ya protagonista de una parte de esa
historia, mientras percibía sobre mi rostro un viento enérgico, aunque no
demasiado frío, que de alguna manera me
hizo acelerar mis pasos.
A pesar de conocer muchos datos
documentales de esta ciudad, porque como ya dije antes en Internet hay bastante
información sobre la misma, sobre todo turística, tanto a la mayor parte de mis
compañeros y compañeras de viaje como a
mí, nos faltaban sobre todo muchos otros datos de la forma de ser sus gentes y
también de la situación política conflictiva en la que, curiosamente, se
encuentra aún esta región perteneciente aún a la Corona Inglesa, debido
principalmente a que los enfrentamientos y actos de violencia habidos en el
pasado entre independentistas y unionistas todavía son relativamente
recientes. Esa situación conflictiva, yo
la creía totalmente solucionada, y por eso al principio de nuestra llegada, la
ciudad de Belfast, no me dio a mí la impresión, ni creo que a ninguno de mis
compañeros y compañeras de viaje, de que fuese todavía una urbe sumida en ese
conflicto, un conflicto (como así nos comentó el guía que contrataron nuestras
profesoras, a través de una intérprete de origen español) que se mantiene camuflado
por acuerdos políticos de convivencia, pactados sin que por ello tenga aún la
garantía de no romperse en un futuro próximo. No dudé de que podría ser así,
por la visión impresionante de aquellos muros de piedra, ladrillo y alambradas
que siguen separando esos dos barrios más conflictivos de esta ciudad (el
católico y el protestante), aunque
caminando por esas zonas, y a
pesar de los graffitis trazados con la intención de ofenderse unos y otros, a
mí me seguía dando la impresión de que
parecía una ciudad muy tranquila y silenciosa. Tanto era así, que incluso por
allí tuve la sensación de estar inmerso en ese clima de la magia literaria, que
ya de niño, me inspiró la lectura de algunos cuentos de cultura celta, donde
algunos de sus personajes yo recordé que tenían cierto parecido físico con
algunos de los rostros de muchas mujeres y hombres (nativos de la isla) que vi
caminando por aquellas calles, sentados en algún pub, o comprando en alguna de
las tiendas de esta ciudad; pues su piel era también muy blanca, sus ojos muy
azules o muy claros y el pelo del característico color rojizo con el que
identificamos o normalmente se describe a esta etnia europea perteneciente a la
cultura o al pueblo celta.
Decir que has estado en Belfast y
nos has visitado el Museo del Titanic, sería como decir que has pasado por
allí, pero que apenas te has imbuido de toda, y quizá de su principal esencia.
Pues si bien es verdad que la mayor parte de las personas la conocen
principalmente por el conflicto independentista, y ese es uno de los mejores
puntos de referencia para colocarla en el mapa físico y político europeo, no
por ello es esa etapa de su reciente
historia la que ha determinado todo lo que es culturalmente en la actualidad ,
pues entonces nos olvidaríamos de la influencia que tuvo la cultura romana en
la trasformación de su cultura celta, de la tradicional elaboración de su
whisky, o de los españoles que se
quedaron allí tras el desastre de la Armada Invencible… La historia del Titanic
es, desde mi punto vista, algo que ningún irlandés del norte, sea católico o
protestante, le debe de dejar
indiferente, y eso se nota en cuanto entras en ese museo y luego lo vas
recorriéndolo paso a paso, sin demasiada prisa para así ir saboreándolo con los
ojos, pero también con el oído.
El edificio, situado junto al
puerto donde se construyó el Titanic, consta de varias plantas que simulan,
tanto en el exterior como en el interior, la forma simulada o virtual de un
gran barco. En ese recorrido que puedes realizar por sus diversos departamentos
situados de manera sucesiva en las diferentes plantas del edificio, vas
empapándote de esta historia romántica, desde los días en los que se planteó la
fabricación y o construcción de aquel coloso trasatlántico que presumía de ser
el más seguro del mundo, hasta el momento en que se hunde debido al choche con
un iceberg. Para que esta recreación histórica sea recibida por los visitantes
de una manera que se acerque lo más posible a los hechos que ocurrieron, se ha
diseñado cada uno de los tramos de este museo como si fuese una especie de
laberinto hacia el pasado, donde, de manera virtual, no sólo vas avanzando andando o también
montado en un pequeño tranvía que te va
llevando por cada una de las etapas de la construcción del Titanic, sino que
además vas escuchando incluso los martillazos que los obreros daban contra los
tornillos que unían las diversas planchas de acero que conformarían aquella
nave. Por todos esos rincones de este extraordinario museo puedes percibir
también las voces de las personas que formaron parte de esta trágica historia,
cargada después por la literatura novelesca de una gran dosis de romanticismo y
cierta quimera que se aleja un tanto de lo que realmente debió de ocurrir, como
la supuesta hazaña del capitán del barco,
Edward John Smith, que según cuenta las crónicas de la ficción
periodística de la época, se quedó impasible en su puesto de mando esperando el
final de su vida, mientras el sonido de los músicos de la orquesta que tocaba
en aquellos momentos, se escuchaba ante el bamboleo de la olas que lo iba
cubriendo.
En el momento en el que ya
regresábamos hacia España, en aquel otro avión que nos dejaría de nuevo en el
Prat del Llobregat, yo mantuve una pequeña conversación con un matrimonio
irlandés que me perdonaron mi mala pronunciación de la lengua inglesa,
permitiéndome así convencerme de que con un poco de empeño en seguir estudiando
este idioma, y con cumplir la promesa que les hice de volver a visitar la
ciudad donde ambos me dijeron que habían nacido, llegaría a convertirme en al menos un buen
conversador con los nativos de Belfast, quizá cuando decida tomarme otra vez
una de esas cervezas negras en el The
Crown Liquor Saloon, el más famoso pub, al parecer, de Irlanda del Norte.
©Mariano Martínez Luque

